Desde la ventana de su apartamento, ubicado en el norte de Chicago, Roma observa la caída de su mundo laboral y afectivo. Ha vivido por cinco años en el cuarto piso de un edificio cuyos inquilinos se dividen en dos: los "todo esperanza" y los que ya rebasaron los cuarenta. Roma acaba de cumplir 49 años y sabe que es la edad propicia para hacer un recuento de sus días.