あらすじ
Miremos a un niño, si está sano y nada le duele ni le molesta y no tiene hambre, estará jugando o tranquilo, observando, feliz y sabio. A cada instante algo llamará su atención, se asombrará, se le despertará la curiosidad y actuará. Los animales humanos juegan y la cultura nació del juego. Vista la fuente de la felicidad del niño, podemos concluir que los adultos confundimos la felicidad con la alegría, y con la ausencia de lo feo de la vida. Felicidad es aceptar la vida como es, con su cuota de dolor, estupidez, horror, crueldad e incertidumbre. Es lo que hacen los niños, y por eso en situaciones normales y, a diferencia de los adultos, todo niño es feliz. La felicidad no es un fin en sí misma, ella surge espontáneamente de la capacidad de asombro frente a la vida y, a esa capacidad de asombro, le siguen la curiosidad y el fluir con la vida, que es vivir a plenitud. Lo mismo sucede con la sabiduría. Los adultos confundimos a los conocimientos con la sabiduría. De allí la creencia de que todo adulto es algo más sabio que los niños. En este libro queremos demostrar lo contrario, que nadie es sabio, que la sabiduría está en la vida. Sabia es la vida y no las personas. Felicidad y sabiduría danzan juntas, y están presentes en la vida plena, como viven los niños.