El Otro Lado de la Penumbra
CarlosWilfridoPrieto
あらすじ
Aquella muerte horrorosa, con todos sus pormenores implacables, lo alejaban a rastras del pensamiento amado de Maleva. ¡Maleva, Maleva!, si tan solo estuviera en tus brazos moriría feliz, se repetía en medio de su torbellino de ideas, en medio de sus terrores súbitos que emergían ante los espasmos de la muerte segura. No obstante, no dio brazo a torcer; una vez más reanudó su camino haciendo uso de sus últimas fuerzas. A pesar de la oscuridad de la noche que había escamoteado el camino y el frío andino que le penetraba hasta los huesos, se movió obedeciendo su instinto y mascullando las oraciones que le venían a la memoria. Aunque caminaba en la dirección adecuada, faltarían tres días más para completar su tramo hasta el pueblo, y con aquel paso disminuido por lo menos una semana, sin embargo, su determinación iba a encontrar la fortaleza necesaria para caminar sin detenerse durante toda la noche, todo el día y parte de la noche siguiente. El trance letárgico en el que su razonamiento cayó hundido, no le permitió caer en la cuenta de las horas, ni de su deterioro personal, simplemente se desplazó errabundo y totalmente fuera de sí, eludiendo sin saber cómo la iniquidad de las interminables montañas. Llegó hasta su hora final, se detuvo de súbito y el paroxismo postrer era inminente. La muerte con sus rasgos inframundos había acudido hasta ahí. Era la medianoche, pero las estrellas brillaban en el cielo, ocasionando la escasa luz que le permitió ver sus manos pálidas, más pálidas que nunca, quizás por toda la sangre que había perdido. Un momento de lucidez agónica le permitió avizorar estos detalles, también le devolvió su pensamiento hacia Maleva, se estremeció hasta lo más profundo de su ser exangüe. Quiso llorar, pero se dio cuenta de que había perdido aquella capacidad, quizás juntamente con la capacidad motora de todo su cuerpo. Cayó de bruces sobre una tierra suelta que había formado una concavidad en su delante. La sentía plácida, pero con las características funestas de una sepultura, cuyo olor y humedad le hacían presentir al gusano devorador. Su rostro iba penetrando en su contextura lúgubre. Ya no le quedaban fuerzas ni siquiera para evitar aquella contrariedad que estaba acelerando su deceso. Trató vehementemente de retener los últimos recuerdos en su ofuscado pensamiento, pero su aliento final y una contracción espasmódica borraron repentinamente toda imagen de su mente. Murió, pero todo el esfuerzo realizado y todo el sufrimiento que puede concebir un hombre, reafirmaron por la secuencia de la historia aquel amor vehemente, impoluto y límpido. Conservó hasta el final el medallón en su mano derecha, a pesar de que el listón se le había desenvuelto.